«Es posible trabajar duro sin un mal ambiente, malos rollos ni dramas»

Las salas de ensayo en los Teatros del Canal son ya todo un espectáculo. A través de sus paredes se puede escuchar desde una seguiriya hasta la música más moderna. Pero llama especialmente la atención una de las aulas. Desde el pasillo se escucha el Concierto para piano n.º 2 de Rachmaninoff. Frente al espejo hay ocho jóvenes bailarines, cuatro mujeres que practican los giros y cuatro varones que terminan de prepararse después de la clase de calentamiento para empezar el ensayo. Son los integrantes de Lucía Lacarra Ballet, la compañía que dirige la bailarina Lucía Lacarra, encabezada también por el canadiense Matthew Golding.

La compañía está apunto de estrenar ‘Lost letters’ en el Teatro Arriaga, el primer ballet con el que Lacarra arranca su nueva etapa como directora. La coreografía es de Golding y ambos, tras su éxito en las producciones anteriores, ‘Fordlandia’ y ‘In the still of the night’, con la que la zumaiarra ganó el Premio Max a la mejor intérprete de danza, han decidido embarcarse en una nueva aventura y llevar a los teatros un nuevo proyecto conformado con un cuerpo de baile. «Tengo muchas ganas de aportar algo a la sociedad. La danza ha sido mi vida y sigue siéndolo. Me ha dado mucha felicidad y cuando oigo mucho su lado negativo, que es muy duro, que es una tortura, que es un sacrificio, y ciertamente lo es, considero que es una profesión que lo condiciona todo, pero que me ha dado tanta satisfacción que quiero transmitirlo», cuenta la bailarina a ABC. La danza no es sinónimo de desdicha. «Es posible trabajar duro sin un mal ambiente, malos rollos, dramas y abusos».

Antes de comenzar el ensayo, dos modistas entran en la sala para que los bailarines prueben el vestuario y practiquen. «Es ahora el momento de romper el pantalón si hace falta saltando», comenta Lacarra a los bailarines. La cuenta atrás ya ha comenzado y con ella los cambios de última hora. Una chaqueta con mangas distintas para Golding, camisas distintas a las pensadas previamente para los chicos, algún que otro ajuste para los vestidos de las bailarinas… Son algunos de los cambios para que el vestuario final sea cómodo al mismo tiempo que bello.

Imagen secundaria 1 - Arriba, las bailarinas integrantes de la compañía junto con Lucía Lacarra. Izquierda, Lucía Lacarra y Matthew Golding, primeras figuras de la compañía. Derecha, algunos de los bailarines durante el ensayo en Teatros del Canal
Imagen secundaria 2 - Arriba, las bailarinas integrantes de la compañía junto con Lucía Lacarra. Izquierda, Lucía Lacarra y Matthew Golding, primeras figuras de la compañía. Derecha, algunos de los bailarines durante el ensayo en Teatros del Canal
Arriba, las bailarinas integrantes de la compañía junto con Lucía Lacarra. Izquierda, Lucía Lacarra y Matthew Golding, primeras figuras de la compañía. Derecha, algunos de los bailarines durante el ensayo en Teatros del Canal
Jesús Vallinas

El conjunto de los bailarines es joven. Todos han bailado previamente en alguna compañía y para la mayoría regresar a su tierra es muy gratificante. Itziar Ducajú Mayans tiene 26 años y tras bailar en el Royal Swedish Ballet, en Estonia, en Augsburgo y en la compañía de Leipzig, en Alemania, quería volver a España. «Nunca he bailado profesionalmente aquí, es la primera vez, y está siendo genial. Es necesario porque muchos que nos formamos aquí nos toca salir fuera del país y allí nos damos cuenta de lo afortunados que seríamos si pudiéramos volver», indica.

A Manuela Medeiros, brasileña aunque había trabajado anteriormente en España, entrar en la compañía fue un regalo. «La llamada me salvó la vida. Estoy muy contenta de estar aquí. Da gusto ver cómo funciona la cultura y el ballet en los países del primer mundo. Me encantaría que hubiera algo así en mi país», reconoce la joven bailarina.

El ensayo de la jornada va a ser uno de los más pesados para los bailarines. Toca limpiar cada uno de los movimientos de la obra, tiempo por tiempo, para corregir las descoordinaciones y posicionar cada cabeza en el tiempo que toca y cada brazo a la altura correspondiente. Tras entrar en escena Lacarra y Golding, alguno de los bailarines mira de reojo y algo de admiración se esconde en la mirada. Es un acto inevitable y normal, trabajar al lado de dos grandes figuras de la danza de un modo tan cercano no es lo habitual en las compañías. Ella fue primera bailarina del Ballet Nacional de Marsella, el Ballet de San Francisco y la Ópera de Múnich, entre otras. Él ha sido primer bailarín del Het National Ballet y Royal Ballet de Londres y bailarín invitado al Mariinsky Ballet, la Ópera de Múnich, el English National Ballet o Tokyo Ballet, entre otras. Estrellas consolidadas y jóvenes artistas que sueñan con vivir de la danza se preparan para el gran estreno.

«Siempre he sido fan de Lucía Lacarra. Veía sus vídeos de pequeño desde Italia y siempre soñaba con bailar algún día con ella. Es un estereotipo de bailarina que me encanta porque siente lo que baila y su físico es muy bonito», reconoce Francesco Forcina, uno de los bailarines de la compañía. Aunque es italiano, vive en Madrid tras estudiar en la escuela Danzare Ballet. El joven asegura que, al igual que sus compañeros, cuando entró en la sala por primera vez con Lacarra y Golding estaba muy nervioso. «Hay una parte de la coreografía que bailo con ella y los primeros días era el momento que más inquietud me provocaba», indica riendo al acabar el ensayo.


La compañía Lucía Lacarra Ballet estrena el viernes ‘Lost letters’ en el teatro Arriaga de Bilbao


Jesús Vallinas

Conforme Gianluca Battaglia, el asistente de coreografía, repasa cada movimiento con el cuerpo de baile, Lacarra se sienta en el suelo con Golding y una de las modistas para mostrarle y pedirle consejo de la idea que tiene en mente sobre uno de los elementos que jugará un papel crucial en la pieza: el mar. «Me faltan horas del día», asegura riendo la bailarina durante la hora de comer. Producir al mismo tiempo que dirigir, coordinar el vestuario y llevar la administración no es tarea fácil. Y hay que sumar todo el trabajo como bailarina principal. «Conozco el 100% del proyecto», añade riendo. Cuando termina de indicar a la modista los cambios de la tela, se coloca para empezar su paso a dos con Golding. Mientras el resto del grupo aparece, Lucía practica la coreografía con su ‘partenaire’ al mismo tiempo que mira de refilón al resto para comprobar si existe una coordinación exacta entre todos.

La escenografía es otro de los elementos fundamentales. Al mismo tiempo que los bailarines bailan al compás de Doble R. Richter y Rachmaninov, se proyecta detrás de ellos una película rodada en el Flysch de la costa vasca, la ermita de San Telmo y el convento de Zumaia bajo la dirección de Ekain Albite. En ella bailan ambos bailarines bajo un argumento que gira en torno a una historia real y que está basado en una carta real escrita por el artillero de la Primera Guerra Mundial Frank Bracey a su esposa, Win.

Imagen principal - Algunas de las imágenes sobre la película rodada en el Flysch de la costa vasca, la ermita de San Telmo y el convento de Zumaia.
Imagen secundaria 1 - Algunas de las imágenes sobre la película rodada en el Flysch de la costa vasca, la ermita de San Telmo y el convento de Zumaia.
Imagen secundaria 2 - Algunas de las imágenes sobre la película rodada en el Flysch de la costa vasca, la ermita de San Telmo y el convento de Zumaia.
Algunas de las imágenes sobre la película rodada en el Flysch de la costa vasca, la ermita de San Telmo y el convento de Zumaia.
Ekain Albite

La obra imagina cómo podría haber cambiado el destino de esa mujer si nunca hubiera llegado a sus manos la carta que le envió su amado esposo. El convento que vio crecer a Lucía Lacarra se va a convertir en una escuela de música, teatro y danza. «La idea a largo plazo es traer el proyecto al País Vasco y que el antiguo convento se pueda convertir en un lugar para residencias de compañías o grupos que quieran venir para crear», indica la bailarina.

Más de 250 solicitudes

La idea de crear ‘Lost Letters’, reconoce Lacarra, fue de ambos y aunque en un principio los bailarines que les iban a acompañar serían los del Dortmund Ballet, la pandemia paralizó muchos proyectos y tras retomarse de nuevo la temporada el trabajo acumulado impidió el acuerdo. La creación de una compañía propia fue un pensamiento tardío que apareció tras poner fecha para hacer realidad el proyecto soñado. Mantener a un conjunto de bailarines e invertir en todo lo que necesitan es un gasto considerable, de modo que los criterios para seleccionar fueron muy concretos: Estar instalado en Madrid y haber bailado previamente en un escenario. «En las audiciones no miraba ni la talla ni el peso, sino que leía la experiencia porque una persona con 20 años con ya experiencia atrae mucho más que una bailarina de 25 que no tiene experiencia. Alguien que ha estado ya en un escenario tiene otra forma de desenvolverse», asegura Lacarra.

Imagen principal - Arriba, los bailarines de la compañía Lucía Lacarra Ballet junto al canadiense Matthew Golding. Izquierda, Lucía Lacarra y Matthew Golding durante su paso a dos. Derecha, los integrantes de la compañía durante los ensayos.
Imagen secundaria 1 - Arriba, los bailarines de la compañía Lucía Lacarra Ballet junto al canadiense Matthew Golding. Izquierda, Lucía Lacarra y Matthew Golding durante su paso a dos. Derecha, los integrantes de la compañía durante los ensayos.
Imagen secundaria 2 - Arriba, los bailarines de la compañía Lucía Lacarra Ballet junto al canadiense Matthew Golding. Izquierda, Lucía Lacarra y Matthew Golding durante su paso a dos. Derecha, los integrantes de la compañía durante los ensayos.
Arriba, los bailarines de la compañía Lucía Lacarra Ballet junto al canadiense Matthew Golding. Izquierda, Lucía Lacarra y Matthew Golding durante su paso a dos. Derecha, los integrantes de la compañía durante los ensayos.
Jesús Vallinas

Candidatos de Italia, Australia, Japón, América… Más de 250 solicitudes para un proyecto muy concreto: el estreno del primer ballet de Lucía Lacarra Ballet. Tras el final de la producción, también termina el contrato de los bailarines. La idea de la compañía es contar con ellos por proyectos y no por temporadas para poder tratar a los bailarines como es debido, con sueldos dignos y condiciones estables.

Además, su directora reconoce que la compañía es una oportunidad para saltar más adelante a otras internacionales. «Quiero que llegue a ser un trampolín para los bailarines. Yo no puedo ofrecerles un contrato anual, pero el hecho de venir con nosotros y de ir a teatros que son importantes como el Arriaga, el Baluarte de Pamplona, Teatros del Canal, el Festival de Granada o el viaje a Túnez en diciembre se convierte en un escaparate», indica la directora.

Tras la jornada de trabajo llega el merecido descanso para todos. La cuenta atrás ya ha comenzado para un estreno muy próximo en el teatro donde Lucía Lacarra vio por primera vez ballet. Se trataba de la compañía de Víctor Ullate, el lugar que más tarde se convertiría en su escuela y tras años de formación le lanzaría al panorama internacional, como lo hizo con otras figuras como Tamara Rojo, Ángel Corella, Igor Yebra, Joaquín de Luz o Carlos López, para más tarde volver al Arriaga, pero esta vez como ya una estrella consolidada.